27.3.06

Falta de firmeza - Siendo borrador

La enfermedad llega a un punto crítico cuando comienzas a asociar como sinónimas palabras como desayuno y diclofenaco. O cuando ruegas que tu vejiga haya incrementado su capacidad de retención para evitar el complicado viaje hasta el inodoro, en el caso de que puedas hacerlo. O cuando realmente piensas que sería recomendable ir a ver al doctor por esta molestia que, por lo visto, dejó de ser simplemente pasajera.


Pero este tiempo de enfermedad me ha permitido darme ciertos gustos, como por ejemplo acabronarme con una de las escasas copias de las "Cartas para la Educación Estética del Hombre", de Schiller, y solazarme -cada que la fiebre lo permite, obvio- en la lectura tranquila y reposada, olvidándome de la evaluación futura y de la suspensión en biblioteca. También he podido solazarme en el cariñoso gesto de la preocupación de los que me rodean, y en todos los arrumacos condolidos con los que me han regaloneado estos días, esos que hacen sentir acompañado, querido e importante. Incluso las conversaciones virtuales llenas de ánimo, incluso allende el atléntico. O las llamadas telefónicas [salvo una que, sospechosamente, el propietario dijo no efectuar...] para interesarse por mi condición. Son esos gestos los que hacen sentir cosquillitas en la autoestima. Y se agradecen.

Pero he podido caer en un placer ciertamente más obsceno que los anteriores, que es el de pensarme como argumento referencial, es decir, como paradoja (o paradoxa, que tiene más caché). Y patudamente he "decidido" que eso de entender el cuerpo como texto es rebatible. Creo que el cuerpo debe entenderse como borrador, y no como texto. El borrador es mutable y maleable, no así el texto, que en su caracter de definitivo sólo podría asemejarse al cuerpo muerto expuesto en su pertinente vitrina: el cristal del ataúd (sus cinco minutos de fama, su adoración por parte de la crítica). El cuerpo en vida es tan sólo un borrador donde distintas marcas van haciendo sus acotaciones, adiciones, ediciones, mutilaciones, y así, puliéndolo, configurándolo como una potencial unidad global definida, aún episódicamente, por las marcas de edición.

Mi cuerpo tiene ciertas marcas editoriales que me constituyen como discursividad andante. Marcas que comportan sentido, ya sea en instancias simplemente particulares o bien fundamentales a lo largo de todo el devenir. Por ejemplo, la edición más importante la constituyen las cicatrices que perviven a una operación cardiaca en mi infancia, justo en el costado de mi caja toráxica, con la cual suelo jugar a la aparición del Muerto&Resucitado ante Sto. Tomás. Le tengo cariño a esa lexia dejada por el bisturí. Me permite no terminar nunca de olvidar que en la vida se está simplemente a préstamo, y que el sacrificio es también una forma válida de entrega. Tengo en mi cuerpo otras tantas marcas relevantes, como la comicidad añadida a una accidental quemadura escrotal con brasas de cigarrillo en el norte, o como el constante recordatorio de las almohadillas de mis lentes marcadas sobre el tabique nasal, para
recordar que lo que se ve no siempre se hace con el mejor foco.

Me aprovecho de esta licencia para seguir autoestimulándome de ideas inconducentes. Me recuerdo constantemente que, por (Mala) Suerte o por (Des)Gracia, todavía estoyen etapa de corrección, y nada indica que deba salir pronto hacia la imprenta.
Y en cuanto a salud, las cosas mejoran, la fiebre cede y yo camino. Pero por motivos académicos, el pabellón tendrá que esperarme hasta las vacaciones de invierno. Supongo que puedo sobrevivir un par de meses con un borrón, ¿no?

1 Me siguen el juego:

Blogger Verónica said...

Tal vez seas un borrador, pero que quede clar que sin borrador no hay obra maetra ¿o no?

Un Beso

28 marzo, 2006 22:29  

Publicar un comentario en la entrada

<< Home