Y como entre las once y las una...
de la noche del 30 de noviembre del año pasado...
nos besamos por primera vez.
Debo admitirlo: me fue difícil armarme de valor para decirle a Paula que me pasaban cosas, muchas cosas, con ella... y me desarmó con dos palabras: "lo sé"... para rematarme con un "tú también me gustas mucho". Y claro, es que era evidente para todo el mundo, salvo para uno, que siempre es el último en enterarse.
Debo admitirlo: me fue difícil armarme de valor para darle a Paula el beso lúbrico y ansioso que hacía rato tenía ganas de darle. Así que opté por la técnica más primitiva del mundo: acercarme tiernamente hasta su boca... y fallar, dándole un cabezaso.
Debo admitirlo: me fue difícil armarme de valor para aceptar que Paula se sonriera, me tranquilizara, me dijera "intentémoslo de nuevo", me tomara y me diera el primer beso, de una larga e interminable seguidilla de ellos.
Debo admitirlo: aún disfruto recordando ese momento, en medio del impresionismo de la Facultad de Artes, un día martes muy de noche, unificados en un abrazo con mucha lengua y mucha pelvis, resistiéndonos a la idea de que debíamos salir del Campus (si es que no del país, en ese mismo momento), detener nuestros besos, nuestras caricias, nuestro desenfreno... querer y no poder parar, aún so riesgo de la inoportuna aparición de guardias que nos apuntarían, de manera inclemente y alevosa, con sus linternas, sin importar lo que estuviesemos haciendo o la cantidad de ropa que llevasemos encima... finalmente, salir de la universidad muy muy tarde, dejándola en la micro rumbo a su casa, no sin antes decirle que, al día siguiente, seguiría besándola así, justo así, como la noche del 30 de noviembre de 2004.
Y esta noche, mientras ella duerme en el camarote, debo admitirlo: me fue difícil armarme de valor para intentarlo de nuevo y aperrar con todas las implicancias asociadas, pero aún así... creo que definitivamente me caso con ella.


