27.11.05

Hace un año que te tengo en mis brazos


Una imagen proveniente no sólo antes de la historia, sino incluso antes del tiempo. Es la primera foto en que mi mujer y yo aparecemos juntos.
La mujer que allí aparece era, en ese momento y pese a lo anfibológico de la proxémica, tan sólo una amiga. Ahora, duerme en la cama que mis padres me designaron hace años (una cama llena de historias, pero ninguna tan bella como la que ahora mismo se arropa hasta la naríz para escapar del frío de la noche.. ya iré yo a hacerle compañía), mientras la miro, sin que lo note, fumando un cigarro y disfrutando lo que tenemos.

El momento capturado en la foto tiene un año de antigüedad.

El viernes 26 de noviembre de 2004 opté por no juntarme con la persona que por aquel entonces era la contraparte de una relación de pareja bastante venida a menos. Me quedé en la facultad, con un grupo de amigos, disfrutando de cigarrillos, buena conversación y algunas cervezas. Y claro, la preciosa que aparece en la foto era parte de ese grupo. Aunque claro, más que nada un electrón libre con el cual pasaba todas las horas del día, conversando acerca de la vida, la muerte, y varios puntos entre ambos. Por entonces, como dije, sólo eramos buenos amigos. Aunque, si se me permite ser sincero, esa bella pelirroja me desordenaba las hormonas desde hace un buen rato. Yo tenía una relación de pareja... no muy sana, pero una relación de pareja al fin y al cabo; admitir(me) y reconocer(me) que ella me gustaba más de la cuenta fue todo un proceso: en primer lugar, admitir que las hormonas se me disparaban con/ante ella; luego, buscar con-vencerme (lo cual es ciertamente estéril; Benjamin lo dijo hace ya harto rato) de que mi gusto no pasaría a mayores ni me perturbaría en el stato quo de mi -por entonces- relación de pareja; y finalmente, buscar argumentos suficientes para hacerme a la idea de que yo jamás podría interesarle a una mujer tan bella. En resumén, un buen rato de intentar hacerme el huevón.
No me resultó.
La noche antes -del 25 al 26 de noviembre- mi subconciente se patentizó en un sueño del que desperté sobresaltado. Soñé que llovía, y que bajo la lluvia Paula (mi pelirroja) y yo nos besabamos tierna y humedamente. Había clara tensión erótica, pero es beso era mucho más tierno que cualquier otra cosa. Caminabamos abrazados bajo la lluvia, muy de mañana, como si volviesemos de pasar la noche juntos, bailando, carreteando, qué sé yo... ibamos a la casa de mis padres (por entonces yo decía "ibamos a mi casa"). Pero en el umbral de la puerta ella lloraba, con tristeza, me besaba de nuevo, y se largaba, corriendo bajo la lluvia. Yo la llamaba para que volviese, a secarse conmigo y dormir un rato, pero no volvía. Mis padres me preguntaban, despertando, quien era ella, y yo decía, simplemente "Ella es Paula". Al poco rato, aún lloviendo, Paula volvía, aún sollozando, acompañada de una viejecita que yo asimilé como su abuela. La señora me tomaba las manos y me decía: "Yo te la entrego. Sé que cuidarás de ella y serán felices". Paula me abrazaba, muy fuerte, muy rico. Y yo, desperté.
Sacudí fuertemente mi cabeza, para enteder el sueño. Pero mi estado de vigilia no quiso ser Oráculo. O al menos no todavía.
Aquella noche de viernes me quedé en la Facultad, disfrutando. Paula tenía frío, y yo, caballeroso (pero con ojos de publicidad de Sprite, esa que dice "Tu amigo... te tiene ganas") le ofrecí mis piernas para que se sentara, y el frío de esa noche no se colara por su vestido. Estuvimos horas y horas sentados así, conversando junto a una pareja amiga (los fotógrafos). Mis manos amigas, muy amigas, se hicieron aún más amigas de su piel... Pero con todo, aún con todo y esa cercanía, no me atreví a besarla.
No esa noche.
Pero esa misma noche, con aquella mujer en brazos a la cual miro en la fotografía con ojos extáticos, supe que no podría manterme por mucho tiempo siendo, simplemente, un amigo.
Ahora, ella duerme en la cama donde a veces yo también duermo. Es mi mejor amiga. Pero, y al mismo tiempo, es mucho más que eso. Paula es ahora mi mujer. Mi compañera, mi complice, mi niña, mi madre, mi avatar, mi musa, mi soporte, mi proyección, mi envidia, mi lujuria, mi fantasía, mi tesoro, mi pollita, mi excusa, mi pasaporte, mi traductora, mi tesista, mi maestra, mi idolatría, mi egolatría, mi inteligencia, mis ojos, mi futuro, mi esperanza, mi fe, mi alegría, mi fiesta, mi descendencia, mi convicción, mi superstición, mi dogma, mis dedos, mis labios, mi sexo, mis letras y mi sonrisa. Como diría el cieguito que era Borges cuando De Torres lo per-vierte en su lectoescritura, Paula es mi Aleph.
Y ella duerme, cómoda, en esa cama. Y yo me sonrío al pensar en lo rápido que pasa el tiempo, y en cómo, en menos de un año, soy más felíz de lo que fuí en los veinte previos. Mi familia la adora casi-casi tanto como yo. Mi hermana se deja maquillar y enseñar por ella, a la vez que agarran una complicidad que -ocacionalmente-, me excluye. Mi padre se sonríe como no lo recordaba mientras yo reacomodo las vertebras de mi niña cargándome sobre ella en la alfombra. Y mi madre, hace cosa de dos horas, le dijo explícitamente que ya era, para ella, como una hija más, por la cual se alegra en la alegría conjunta, y por la cual sufre en el dolor compartido. Y, formalmente y bajo ningún tipo de medida de presión, la invitó de manera irrevocable a pasar las festividades de fin de año en esta casa. Como la familia que somos -imperfecciones incluidas-... Y casi olvido a la miembro más reciente de la Familia ArriagAdams: Lilú (¿se escribirá acaso Leeloo? Da igual, la ortografía es intrascendente mientras mi madre la siga llamando Woopy) es una gatita de 2-3 meses, en tonos blancos y grises, que maulla por todo y para todos, y que se abandona placida y ronroneante al sueño cada vez que Paula la acaricia... Casi como yo.
Paula, gracias. Ha sido, pese a muchas cosas, un gran año. El mejor. Yo, cuando me leas, seguiré a tu lado, pero ahora, que acabo de escribir, me apronto a meterme a la cama a disfrutar del milagro cotidiano de dormir junto a tí... y quizás, sólo quizás, te despierte para mostrarte esta actualización. Quizás me merezca un beso. O dos.

16.11.05

Manzana

A Paula, mi mujer hecha manzana (y viceversa)


Contemplar la manzana.
Mirar su contorno, su borde, sus líneas finas. Su firmeza indómita. Su piel tersa, tirante, frágil. Su porte, su garbo. Su charm. La promesa diferida de su blanca carne. Despertar la sed y el deseo edénico de la tentación.
Tocar la manzana
Cumplir la promesa, sentir la tensión, desplazamiento ritual de las yemas por sobre una piel estremecida. Acariciar el fruto del deseo y la discordia. Despertar con ínfima presión la necesidad de la manzana por despojarse de su exterior.
Oler la manzana
Despertar la primavera en la punta de la naríz. Incitar a la vida hacia el precipicio. Susurrar la necesidad junto al tallo. Desear la manzana y hacer desear a la manzana. Jadear de la sed, inspirar el hambre, aspirar el aroma seductor de la fruta.
Morder la manzana
Hincar el diente en la tierna y fresca carne de la fruta. Sentir el zumo lúbrico y regenerador correr por la comisura de los labios hasta la base del cuello. Morder con fuerza, con desesperación. Apropiarse de la carne blanca. Desgarrar la humedad que escapa por cada uno de los poros. Disfrutar, hasta el paroxismo, el goce de la manzana.