20.6.05

De abscesos y drenajes

Me salió un absceso justo en la base de la espalda, en el coxis, donde comienzan los gluteos. Ha sido casi como involucionar y desarrollar un cola.
La amiga RAE señala que un absceso es:
Acumulación de pus en los tejidos internos o externos
Es decir, cargaba un puñado de células muertas entre la piel y los músculos... o lo que sea que en tal parte del cuerpo estuviese.
Al comienzo creí que no era otra cosa que una espinilla ciega con muy mal gusto para elegir su lugar. Pero pasaron los días y la pre-supuesta espinilla tomó forma de tumor.
Mucho, mucho dolor. Sólo podía sentarme de lado, cargado sobre un costado. Lo mismo al dormir. Mucha actividad no pude hacer; era dificil incluso vestirse. Colocarse los calcetines era una epopeya.
En tres días la molestia era insoportable, así que, temores mediante, el lunes fui al doctor. O más bien a sacar hora: la enfermera sólo me curó, me sugirió calor local y mehabló de quistes pilonosecuánto...
Admito sin problemas que tuve miedo y lloré de miedo. Y rabié de miedo. Y odié de miedo. Miedo a la muerte, a la invalidez, a la impotencia, a la inoperancia, a la incapacidad. Miedo a la imposibilidad.
Mi cronograma médico consistía en médicina general el jueves a primera tarde en la universidad, y cirugía el viernes temprano, en SEMDA central, porque sin lugar a dudas iría a dar allá. Mi pollita me acompañaría el viernes antes de ir a trabajar, por lo que me quedaría en su casa.
El dolor aumenta con los días. El jueves llego lerdo como el padre de Piero hasta el doctor -con lagrimógenas y todo-, el que hace las preguntas de rigor, me sube a la camilla, mira, toca, y declara: Absceso. Y está a punto de reventar. Hay que drenar lo antes posibleo comenzará a necrosar. Maravilla. Albricia. Duele. Antibióticos y siga con Antiinflamatorios. Tomo Profenid. Sí, siga tomando ketoprofeno, cada doce horas. Duele mucho, ¿puede ser cada ocho? No. Maravilla. Albricia. Duele. (Sabía que no se podía. Paula me dijo que la dosis máxima son 200 mg... Pero duele.)
Segunda sesión de seminario a la que falto por culpa de las células muertas. La puta. Y con lo que me gustan. La puta. Puteo hasta la oficina de mi padre, receta en mano. Mi padre está amable. Está padre. Me tranquiliza. No duele tanto. Es posible caminar. Me financia posibles taxis. Me compra los antibióticos. Me señala la ruta más corta para llegar a casa de Paula caminando menos. Me siento mejor. Se siente bien esto de tener padre. Uno se encariña. Casi perdona. Uno no olvida. Uno se levanta de hombros, agradece al proveedor, lo besa, y camina. Me siento bien. Sí, puedo caminar hasta Santa Ana y tomar el metro. Ya no voy tan lerdo. Fumo.
Me había olvidado de la fiebre. Sólo sé que tengo fiebre, sin sentirme afiebrado. Sé que tengo fiebre sólo por el sudor frío. Mucho sudor frío. Llego a nuestra casa aún animado, aún empapado. Florencia, hija mía, ronroneas. Nos regaloneamos, a pesar del pelechar. Me siento bien. Al parecer el Profenid al fin se encariña conmigo. Duermo un rato. La alarma me despierta a las 20.30. Sigo bien. La llamo. La llamo. La llamo. Contesta una vez que ha salido de su curso. Pasará a comprar algo de comer y se viene. Me alegro. La deseo. Me siento bien. Llega. Se saca el bolso, se saca el abrigo, se saca la rabia, aún no me besa, se saca la rabia, se merece sacarla. Se saca la rabia. Me muevo con los brazos. La abrazo. Le digo que no me ha besado. La beso. Me pide disculpas. No hay nada que disculpar. Me siento bien. La deseo. La abrazo.
Comemos, tomo mis remedios, planificamos el día siguiente y el fin de semana. Está cansada. Estoy adolorido. Profenid me abandona. Amor, ¿lo puedo tomar cada 8? No. Duele. Pero no tanto aún. Es del todo soportable Hablamos. Mucho. A veces pienso que más de la cuenta. Pero puedo abrazarla. Puedo abrasarla. La deseo, pero la calentura es de fiebre. Pobrecito mi niño. Me apapacha. Me siento bien. Dormimos.
O tratamos.
Sudo frío toda la noche. Tengo miedo y duele. Me muevo cuando duermo. No la dejo dormir. No descansa. Me siento un estorbo. Todos estos días me he sentido un estorbo. No sólo para ella. Un estorbo. Florencia quiere jugar. Queremos dormir. Sudo... Mi piel no ha soportado más, y por los poros sale pus. Mis células muertas.
Despertamos, desayunamos, tomo remedios. Lentamente me visto. Tenemos sueño, estamos cansados. Ella más que yo. Pero tenemos susto. No sé quien más. Nos vamos en taxi. Llegamos temprano. Llenamos la ficha. Estoy nervioso, y nazco el 2005. La enfermera se ríe. Estoy nervioso, río. No es mentira; estoy nervioso, tengo miedo. Entro al despacho del cirujano. Solo. No quiero entrar solo, pero entro solo. Tome asiento, ¿qué lo trae por aquí? Un absceso en el coxis, preferiría no sentarme. Entonces no se siente: súbase a la camilla y descúbrase. Siento que le he mostrado el culo a mucha gente estos días. El doctor mira, toca, y pide materiales. Tengo susto, pero no es la primera vez que pasaré por bisturí. No recuerdo vivencialmente todas, pero las conozco. Primero cloruro de etilo por aspersión. Mucho. Recuerdo a los drogos del colegio y sus 30 segundos de alucine. Pope. Mucho cloruro de etilo. Se supone que me dormirá. El doctor avisa. Dolerá. Y de hecho, duele. Mucho. No recuerdo tanto dolor nunca. El doctor me pide que respire mas profundo, o me marearé. Hago lo que puedo. Una de las enfermeras me toma de los brazos. Me mira como a un hijo. Agradezco el gesto como puedo. Apreto los puños. Duele. Presiona las zonas inflamadas. Duele aún más. Insisten en mi respiración. Insisto en mi dolor. Apreto los puños, doy suaves golpes contra la camilla metálica. Duele. De pronto todo termina. Acaban de hacerme un drenaje. De ponerme un drenaje. De dejarme un drenaje. Más antibióticos. Siga tomando Profenid. ¿Puedo tomarlo cada 8? No.
Salgo. Mi pollita me espera. ¿Y tan rápido? Sí, y tan doloroso. Planificamos la ida. Quiero un helado. Paula quiere un café. Conversamos. Sigo de pié. Tengo un parche enorme puesto. Sigo de pié y quiero helado. ¿Cómo lo hacemos para irnos? Bueno, café. Hay que caminar un poco, ¿puedes? Sí, pero lento. ¿Café o helado? Rubén, estás pálido, ¿te sientes bien? Sí, sólo me zumban los oídos, y me tiritan las piernas, y me quiero sentar. Te bajó la presión. Parece. Tengo sed. Tome agüita. Tomo agüita. Rubén, no me asustes. Ya pollita, si estoy bien. Es sólo que allá dentro me dolió mucho. Me asustaste. Yo también me asusté.
Paula me deja descansando en su casa y se va a trabajar. Es dulce ella. Me deja comida cerca, y mis remedios, y más remedios, y cigarros y mi encendedor y fósforos por si falla, y los controles remotos, y mi botella con agua, y papel higiénico, y mi ropa a mano. Es dulce ella. Se va. Aún la deseo. Y la extraño.
Duermo. Veo TV. Veo a la sub-20. Pero aún no tomo conciencia de lo que implica el estar drenándose. Me estoy sacando la muerte por los poros. Pero el apósito y el parche no lo superan, y mi ropa interior se humedece de sangre y pus. De sangre y pus. De sangre y celulas muertas. De vida y muerte. Me saco el muerto por los poros. Pero me asusto. Nadie me avisó que el drenaje continúa luego del pabellón. No me duele, pero estoy empapado. Llamo a mi madre para preguntar si tiene que ser así. Sí, y puede durar incluso más de tres días. ¿Por qué nadie me avisa estas cosas? Porque no preguntas. Me siento bien, aunque empapado. He manchado las sábanas. Ya me voy a casa. Llamo a mi pollita y le cuento. Ponte una toalla higiénica. No me parece descabellado. Me pongo una toalla higiénica para no seguir manchando nada. Es difícil ponerse una toalla higiénica siendo hombre, en una zona donde no van las toallas higiénicas, y sin leer las instrucciones. Al rato ya me siento como una púber menárquica. Las manchas en la toalla me dan la razón. Me saco el muerto por los poros, en una toalla higiénica.
Cojeo hasta el metro. Me saco el muerto en el metro. Cojeo hasta el metrobus. Me saco el muerto en el metrobus. Puedo sentir ahora como se drena, como corre, como fluye lo muerto hacia fuera. Pero al fin me saco el muerto de encima. Me siento mucho mejor.
Como algo, tomo mis antibióticos, me porto bien, veo televisión, reviso mi correo, tengo uno de Agualuna de alguna cuenta que no bloqueé. Bloqueo. Me emputo. Mando a la mierda. ¿Qué se cree? Veo TV, llega mi familia, se preocupan por mí. Me preocupo por mi pollita, que no durmió mucho y que sabe lo del correo. La llamo. está muy cansada, aún enseñándole de filosofía del lenguaje a su mejor amiga y una amiga de su mejor amiga. Hablamos acerca del correo ¿Qué chucha se cree? Hablamos un rato acerca de ex demenciales, y nos damos las buenas noches
Fin de semana familiar. Día del padre. Brazo de reina. Drenaje, cambio de parches, múltiples cambios de toalla higiénica.
Y al final de todo, entender lo que se drena y por qué se drena.
Hay que sacarse el muerto, sacarse de dentro lo que murió. Depurarse de la muerte para empezar un nuevo año. Porque el martes será año nuevo, Yule, el solticio de invierno que escribía Hahn.
De alguna forma depuro lo que no me deja crecer, lo que se ha muerto en mí. Me libero de lo que quiere arraigarse aún cuando esté muerto. Me purifico de lo que no quiero para mí ni los míos.
La purificación ritual por carambola de los dioses.
Uno aprede: Hay muertos que no cargo yo. No más.
Por cierto, es probable que el lunes me den el alta.

11.6.05

Requiem taurino

Me cago en Jesulín de Ubrique

En Santiago lluve esta noche y mi mujer (al género: espero que no les suene despectivo, pero nos pertenecemos el uno al otro) estudia con su mejor amiga en casa de la segunda. Es decir, solo en noche de viernes. Así que abro la cerveza que sobrevivió a mi cumpleaños y me apropio del control remoto mientras mi hermana navega por la red. Es cierto, corrí a comprar cigarros cuando percibí que sólo quedaban 3 y eran las 23.30... Fue grato correr con lluvia, aún cuando sea sólo hasta el almacén de la esquina y sólo por una miserable cajetilla de Belmont Light en su versión de 10 cigarrillos (los 3 cigarrillos que quedaban eran de los que compré a eso de las 14.00); las sensación de fina lluvia contra la cara y los anteojos me es tan grata. . . Lo siento; divago...
Bebía cerveza y cambiaba canales. Series de emergencias en hospitales, un tipo que se comunica con los muertos del público de un estudio de TV, un tipo que hace monologos cómicos que tiene su propia serie, un par de homosexuales que buscan pareja a una chica al tiempo que la aconsejan (Cupidos, en People&Arts; el único programa cuyo nombre recuerdo). De canal en canal me encuentro con TVE (Televisión Española). Corridas de toros. Nunca he estado de acuerdo con las corridas de toros, pero me pareció pertinente agudizar mi opinión con mayor conocimiento de los hechos. Craso error.
Un locutor en off tratando de hacer poesía de la barbarie señaló que eran corridas de toros en las Islas Canarias. Llegué en el momento en que banderilleaban (ponían esos fierros de colores en el lomo del toro, para desangrarlo y cansarlo) sobre el ejemplar taurino. Un cabrón sobre un caballo, al cual habían practicamente acorazado para no ser herido por el toro que le embestía, pinchaba con una suerte de pica o lanza el ya castigado lomo del cornamentado animal. Y cinco o seis tipejos con sus mantos amoratados hacían correr al herido animal, a fin de cansarlo y dejarlo más dócil al matarife de medias apretadas. No tardó en salir. Su nombre dificilmente podré olvidarlo: Jesulín de Ubrique (sobra decir que el toro era un innominado más). Nacido en 1973, desde principios de los noventa estaba metido en la arena con los toros de lidia. Ahora, su misión no era la de simple ayudante; él haría la tarea completa.
En primer lugar pidió permiso a la "presidencia" (jamás creí que la lidia fuera tan republicana) para entrar a torear (o para entrar a matar, que no hay gran diferencia); luego, el torero debe buscar en el público alguien a quien dedica su tauricidio. El elegido no fue otro que el premio Novel Gabriel García Márquez (sobre quien, dicho sea de paso, también me cago), quien felíz de la vida recibió, en compañía de su esposa, el gorrito ridículo ese de los toreros. Y luego de esto, "a por el toro".
[En este punto sobra decir que me fumaba las uñas y mi angustia se disparaba]
Tenemos entonces dentro del círculo a un toro con al menos 4 banderillas engarfiadas a su piel, las cuales cuelgan abriendo más y más las heridas de la enrojecida espalda del animal (excuse moi, del toro), y tenemos a un tipo envalentonado en un traje estrecho, con una capa roja-amarilla y delgada espada. La misión de Jesulín de Ubrique era dar al público lo que pedía: hacer correr al toro. Y lo hizo - a juicio del locutor, "bien, pero con algunas deficiencias" - durant un rato. En varias ocaciones el toro estuvo a punto de alcanzar al torero (momento donde yo llevaba mi trasero hasta el borde del sillón, con brillo de esperanza en mis ojos), pero lamentablemente no lo consiguió. Jesulín tuvo al toro corriendo varios minutos, con el consabido "oléee" del público. El toro, cansado, jadeaba con la lengua afuera. Fue sumamente chocante ver cómo se hundía su abdomen en busca de cada bocanada de aire. Yo mordía mi cigarro.
Entonces llegó el gran momento de Jesulín. Tomó su espada y se acercó al toro. Por lo visto, no calculó bien, y en lugar de atravezar la medula vertebral del toro, tan sólo abrió una gran herida en su piel. Ante la posibilidad de que el toro alcanzara al de Ubrique, varios ayudantes, con capas de un color más cercano al vino tinto que al rojo que distingue al torero, siguieron agotando al desangrado y dolorido toro. Según el locutor, "en un gesto de humanidad y respeto para tan buen toro", Jesulín pidió una espada con ganchos cerca de su extremo ("espada de cruceta", creo recordar), y dió un par de vueltas más al toro. El golpe fue certero entre la segunda y la tercera vértebra. El toro cae, y las cámaras se quedan con Jesulín de Ubrique, quien saluda al público.
Luego, comerciales, y un pañuelo para limpiarme los ojos. Le exijo el computador a mi hermana y escribo, para sacarme la rabia.

Image hosted by Photobucket.com

Ni la lluvia de un diluvio podrá quitarnos la sangre de las manos

(Paula, no sabes cuanta falta me hace tu abrazo, justo ahora)

Y otra vez, el asco por el matarife y la imposibilidad de ver el cadaver en mi plato.
Para todos los que estuvieron en esa plaza de toros, ése será uno más. Para mí, ese toro será un inolvidable mártir.

9.6.05

In-diferencia

Cuando más productivo es mi tiempo de lectura en los viajes en micro, es cuando encuentro joyas como ésta:
"(...)[para hablar de la tensión entre gramática y retórica] Empezaré considerando lo que quizá sea el ejmplo más comunment conocido de simbiosis aparente entre una estructura gramatical y una estructura retórica, la llamada pregunta retórica, en la que la figura es transmitida directamente por medio de un dispositivo sintáctico. El primer ejemplo está tomado de la subliteratura de los mass-media: Archie Bunker es jugador de bowling; su mujer le pregunta si quiere atarse los zapatos de bowling por arriba o por abajo y él contesta con una pregunta: "¿Cuál es la diferencia?" Como su mujer es una lectura de la más sublime simpleza, le explica pacientemente la diferencia entre atar los cordones con un lazo por arriba o por abajo del zapato; la explicación, sea cual fuere, provocará únicamente ira. "¿Cuál es la diferencia?" no plantea la diferencia en sí, sino que significa "me importa un bledo cuál pueda ser la diferencia". Una misma pauta gramatical engendra dos significados que son mutuamente excluyentes: el significado literal pregunta por el concepto (diferencia) cuya existencia es negada por el significado figurado. Mientras hablemos acerca de zapatos para jugar al bowling, las consecuencias son relativamente triviales; Archie Bunker, que es un gran creyente en la autoridad de los orígenes (por supuesto, mientras se trate de los orígenes correctos), hace lo que puede en un mundo en el que los significados figurado y literal se interponen el uno al otro, aunque no sin contratiempos. Pero supongamos que en vez de ser un "charlatán" [Bunker] es un des-charlatán [de-bunker] un des-charlatán del arché (u orígen), o sea, un archidescharlatán, por ejemplo como Nietzsche o Jacques Derrida, quien se plantea la pregunta ("¿Cuál es la Diferencia?"): tampoco en este caso, si nos atenemos a su gramática, podemos establecer si "realmente" quiere saber "cuál" es la diferencia o si se limita simplemente a decirnos que ni siquiera deberíamos intentar descubrirlo. Ante la pregunta por la diferencia entre la gramática y la retórica, la gramática nos permite plantearnos la pregunta, pero es posible que la oración por medio de la cual la formulamos niegue la posibilidad misma de preguntar. Entonces, ¿qué sentido tiene preguntar, si carecemos de la autoridad necesaria para decidir si una pregunta pregunta o no pregunta? (...)"

DE MAN, Paul. 1990. Alegorías de la lectura. Lumen, Barcelona. pp. 22-23

Es entonces cuando lamento la prohibición de fumar en las micros y la incapacidad de generar recursos críticos tales... Aunque más lamento no poder fumar en las micros...

La vida fue hecha para leerla

[PD: Se ha agregado el link a Hipotesis Celeste, lo más destacable de los juegos con el template que he hecho esta vez. Es de mi particular agrado.]